viernes, enero 09, 2026

La conexión entre la baja natalidad, la frustración vital y el bienestar social










Retomo un tema que ya trabajé y para el que me documenté a fondo en diarisantquirze.cat, porque los datos no solo no han mejorado, sino que confirman una tendencia de fondo cada vez más preocupante: España tiene un problema serio con la natalidad.

Las cifras son claras. En la actualidad nacen menos niños que nunca desde 1941. La tasa de fecundidad se sitúa en torno a 1,23 hijos por mujer, muy lejos del nivel de reemplazo generacional, que está alrededor de 2,1 hijos. España lleva casi tres décadas consecutivas por debajo de 1,5 hijos por mujer, una situación excepcionalmente baja incluso en comparación con otros países europeos.

Si miramos atrás, el contraste es llamativo. A mediados de los años setenta, la fecundidad en España rondaba los 2,8 hijos por mujer, por encima de la media europea. Desde entonces, el descenso ha sido rápido y sostenido. Pero el problema no es solo cuántos hijos se tienen, sino cuándo se tienen.

Los datos muestran un retraso muy acusado de la maternidad y la paternidad. En las últimas tres décadas, la edad media de las mujeres al tener el primer hijo ha pasado de 25,1 a 31,1 años, y la de los hombres de 30 a 34,4 años. España es hoy uno de los países donde el primer hijo llega más tarde. De hecho, ya hay más madres de 40 años que de 27.

Este retraso tiene consecuencias directas. Cuando el primer hijo llega tarde, el segundo muchas veces no llega. Y eso se refleja en otro dato relevante: el 30% de las mujeres en España acaba teniendo solo un hijo, y alrededor del 12% termina su etapa reproductiva sin ninguno. Entre las mujeres nacidas después de 1975, una de cada cuatro no será nunca madre, algo que no había ocurrido en ninguna generación femenina nacida en España durante el siglo XX.

Estos datos son importantes porque desmontan una idea extendida: no es que haya desaparecido el deseo de tener hijos. Las encuestas comparativas muestran que, en los países avanzados, el ideal mayoritario sigue siendo tener dos hijos o más, y ese ideal es muy estable en el tiempo y muy parecido entre países. La proporción de personas que declara no querer hijos es marginal.

Entonces, ¿qué está fallando?

Una primera causa es la inestabilidad vital. Tener hijos requiere un mínimo de seguridad económica, laboral y residencial. En España, esa estabilidad llega tarde. El empleo juvenil es precario, los salarios son bajos y el acceso a la vivienda es difícil. No es extraño que muchas decisiones se formulen en términos de “cuando tenga un contrato mejor”, “cuando podamos independizarnos”, “cuando estemos más tranquilos”. El deseo existe, pero se aplaza.

La comparación con otros países ayuda a entenderlo mejor. En Suecia, por ejemplo, los jóvenes tampoco quieren tener hijos a los 24 años. El deseo de retrasar la maternidad es muy similar al de España. La diferencia es que, a los 30, muchos suecos ya tienen vivienda, estabilidad laboral y autonomía. Se sientan en el sofá, lo hablan y deciden. Aquí, en cambio, cerca de la mitad de los jóvenes de 30 años sigue viviendo con sus padres.

A esta dificultad se suma una segunda tendencia demográfica: hay menos población en edad fértil. Tras décadas de baja natalidad, hoy hay menos mujeres de 30 y pocos años. Incluso aunque todas quisieran tener más hijos, el número potencial de nacimientos es menor. Es una dinámica que se retroalimenta y que agrava el problema.

Una tercera causa es estructural y tiene que ver con la conciliación. Jornadas laborales largas, horarios partidos, escasa flexibilidad, permisos de maternidad y paternidad todavía limitados y una oferta insuficiente de escuelas infantiles de 0 a 3 años convierten la maternidad y la paternidad en una carrera de obstáculos. Todas las investigaciones coinciden en que invertir en educación infantil temprana es una de las políticas más eficaces para combatir la baja natalidad. En España, la oferta ha mejorado, pero sigue muy lejos de cubrir la demanda real.

Todo esto tiene consecuencias claras. El envejecimiento de la población avanza y la relación entre personas activas y personas dependientes se deteriora. Diversos estudios estiman que este envejecimiento tendrá un impacto negativo sostenido en el crecimiento económico a largo plazo. Pero reducir el problema a una cuestión de PIB o de pensiones es quedarse corto.

Porque hay otra dimensión, menos visible pero igual o más importante: el bienestar de las personas. La diferencia entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen no es solo una estadística; es una forma de frustración vital. En países donde esta brecha es menor, como los países nórdicos, los indicadores de bienestar también son más altos.

Y, pese a todo, hay algo que sigue llamando la atención: el silencio. En muchos debates públicos se habla de jóvenes, de vivienda, de empleo, de sostenibilidad. Pero rara vez se habla de natalidad, de hijos, de infancia, de familias. Cuando un tema no se nombra, no se prioriza. Y cuando no se prioriza, no se actúa.

Hablar de natalidad no es imponer modelos de vida ni decirle a nadie lo que tiene que hacer. Es reconocer, a partir de los datos, que muchas personas no pueden vivir la vida que desean vivir. Y preguntarnos si estamos dispuestos a crear las condiciones para que esos deseos —tan básicos y tan humanos— no se queden sin tiempo.

Hasta hace unas décadas, estaba muy extendida la idea de que las mujeres debían quedarse en casa para tener más hijos. Sin embargo, hoy es en los países en los que las mujeres trabajan más donde tienen más hijos. Las tasas de empleo femenina son más altas en el norte de Europa y más bajas en el sur, y es en el norte donde las mujeres tienen más hijos, y no al revés. Esto ha sido parte del trabajo de muchos y de un cambio cultural. Es cuestión de poner dinero (el dinero que dirigimos a políticas de conciliación en España es de alrededor del 1%. En el norte de Europa es del 3%), pero también creatividad, y trabajar conjunta: administraciones, empresas, empresarios, asociaciones, universidades, etc. Investiguemos, hablemos, busquemos nuevos caminos.

Porque, al final, este no es solo un problema demográfico. Es una cuestión de país, de futuro y de felicidad.

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