"Cuando el amor es grande, no existe el miedo". Esa es la frase de San Juan (o muy parecida) que escuché el viernes pasado y me dejó intrigado.
Quien más quien menos ha sentido miedo. ¿Qué conexion hay entre el amor y el miedo? San Juan dice que en el amor no hay miedo, el amor perfecto expulsa el miedo. Después de escuchar la frase, estuve leyendo algunas cosas sobre el tema. Y leyendo, leyendo me encontré con que el divulgador Mario Alonso Puig tiene una frase muy parecida: «el miedo solo es posible donde falta amor».
El miedo en la vida existe: a decidir, a equivocarnos, a perder, a no estar a la altura, a que el futuro no salga como esperamos. De hecho, el otro día escribí sobre la baja natalidad y uno de los factores para no tener hijos que no mencioné, porque se sobreentiende, es el miedo. En el fondo el miedo al futuro, a si mejorará, a si seré capaz. El combo "no puedo + no sé si debo" genera parálisis y, con el tiempo, resignación o renuncia.
El miedo es totalmente normal, el problema no es sentirlo, sino cuando se convierte en el motor de todo. Cuando vivimos desde ahí, la vida se nos presenta como una amenaza y no como un camino. San Juan apunta a algo muy sencillo y muy profundo a la vez: cuando el amor es pequeño, el miedo ocupa demasiado espacio. Cuando el amor crece, el miedo no desaparece del todo, pero deja de mandar. Ya no decide por nosotros. Seguimos teniendo vértigo, pero avanzamos.
Por eso, cuando hay miedo, la clave no está solo en intentar eliminarlo, sino en mejorar en el amor. Y mejorar en el amor empieza, sobre todo, por fiarnos más.
Hay una pregunta que hacía no sé quién en algún podcast que me gusta mucho: ¿Qué harías si no tuvieras miedo? Se parece a la pregunta ¿Qué es lo más loco que has hecho por amor? Y es que cuando amamos radicalmente, nos sentimos capaces de casi todo, no tenemos miedo.
La frase inicial de san Juan no suena a reproche, sino a invitación. Si hay miedo, quizá la pregunta no sea solo cómo quitárnoslo de encima, sino en qué podemos crecer en el amor.
Uno podría decir que no todo está en amar, porque para amar a los demás, hay que amarse sanamente primero a uno mismo, y sentirse amado. Quienes no han experimentado el amor incondicional y profundo de pequeños, pueden tener más problemas en este ámbito. Podríamos decir, entonces, que donde hay amor (propio + recibido + dado), el miedo pierde fuerza. Donde falta, el miedo crece y se convierte en el motor principal de la vida (control, ansiedad).
Contra el posible círculo vicioso muy común de "No me aman porque tengo miedo y tengo miedo porque no me aman", la buena noticia es que se rompe cultivando amor en cualquiera de sus formas. El amor propio con terapia, con autocompasión, con límites sanos. El amor recibido, con relaciones seguras, con una comunidad fuerte. Y el amor dado, con generosidad, sin esperar devolución.
Pero incluso cuando el amor propio es bajo y el amor percibido es también, hay una frase de otro san Juan nos puede ayudar: «Donde no hay amor, pon amor, y sacarás amor.» Hay que amar. Dar el primer paso, para salir del circulo vicioso.
Poner amor donde no lo hay es arriesgado. Te expone. No garantiza resultados inmediatos. A veces no hay respuesta visible. Pero incluso entonces, pasa algo importante: tú no te empequeñeces. No te endureces. No te cierras. Y muchas veces —no siempre, pero muchas— ocurre lo que san Juan de la Cruz afirma con una serenidad impresionante: el amor engendra amor. Despierta algo en el otro. Cambia el clima. Abre una grieta por la que entra la luz.
Se crece en el amor dejando de vivir a la defensiva. Cuando todo lo hacemos para no sufrir, no equivocarnos o no perder, el amor se queda pequeño. Amar implica exponerse un poco, aceptar que algo puede doler, pero entender que no amar por miedo acaba doliendo más.
Se crece en el amor aceptando la propia fragilidad. No somos autosuficientes ni perfectos, y reconocerlo no nos empequeñece, nos humaniza. Cuando dejamos de exigirnos estar siempre a la altura, empezamos a amar mejor y con más verdad.
Se crece en el amor saliendo de uno mismo. Pensando menos en cómo quedo yo y más en qué necesita el otro. Escuchando de verdad. Mirando con más comprensión. El amor se expande cuando deja de girar alrededor del propio ombligo. Me gusta mucho una frase de Oriol Jara, que dice que le encanta ser actor secundario de la vida de los demás.
Se crece en el amor perdonando, empezando muchas veces por uno mismo. El rencor, la culpa y la dureza interior estrechan el corazón. El perdón, aunque cueste, lo ensancha.
Se crece en el amor agradeciendo. Dándose cuenta de lo recibido, de lo que ya funciona, de las personas que están. La queja constante reduce el amor; la gratitud lo fortalece. Hay que decir más piropos a la gente, las cosas que hacen bien, lo que nos gusta de ellos.
Y, en clave creyente, se crece en el amor dejándose amar. Aceptando que no tenemos que ganarnos todo, que no todo depende de nuestro esfuerzo, que somos queridos antes de demostrar nada. Quien se sabe amado, ama mejor.
En el fondo, crecer en el amor es ir pasando poco a poco del miedo a la confianza. No de golpe, no perfectamente, pero de verdad. Y cuanto más crece el amor, menos espacio le queda al miedo para mandar.
Porque efectivamente, el miedo no desaparece del todo: todos tenemos miedo, al menos algunas veces, porque es un superpoder evolutivo que nos ha ayudado a llegar hasta aquí, a no morir comidos por los leones o atropellados por los coches un día y otro.
Cuando el amor es fuerte el miedo no lo eliminas, lo atraviesas.
La mayoría de las personas que logran cosas importantes (vidas con sentido, relaciones estables y duraderas, hijos, proyectos, cambios vitales) lo hacen con miedo, no sin él. La diferencia está en actuar a pesar del miedo, no en esperar a que desaparezca. Y lo pueden hacer precisamente por el amor que se tienen a si mismos, porque se sienten profundamente amados y porque, en la mayoría de los casos, les mueve el amor.

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